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jueves, 12 de septiembre de 2013

LOS PEREGRINOS SON UN DON DE DIOS PARA ESTA IGLESIA DE SALTA

En estos últimos años, la historia del Milagro se ve enriquecida por el don de numerosos peregrinos que vienen a visitar al Señor y a la Virgen en número creciente y desde nuevos lugares. Es parte de la mejor historia, la novedad radica en el modo cómo está impactando en la vida y en la pastoral del Milagro.


Se trata de un movimiento de creyentes que moviliza a todos los ciudadanos de Salta rompiendo los límites de la condición social, pertenencia eclesial, edad o nivel cultural. En efecto, la llegada de los peregrinos moviliza los corazones y dispone a los salteños a recibirlos dejándonos envolver en un espíritu de caridad que nos impulsa y nos compromete. Por todo ello damos gracias al Señor porque a través de los peregrinos sigue siendo el que “con su amor busca el amor de un pueblo”.
Los peregrinos traen con ellos un mensaje de fe, de amor y de fortaleza.
Traen un mensaje de fe. Desde Nazareno, Cachi o desde la Mina Martillo en Catamarca para pasar por la Mina Patito en Salta y luego unirse a la peregrinación de San Antonio de los Cobres; desde Orán en el Norte, desde Joaquín V. González, El Tala y Metán en el Sur; desde las localidades del Valle de Lerma; desde nuevos lugares que se van sumando, los peregrinos se ponen en marcha y en el camino reafirman su vínculo que los lleva al encuentro con el Señor. Viven en los días de la peregrinación su pertenencia a Jesucristo y a su Iglesia con intensidad única... por ello se alegran de llegar a la Catedral, la madre de las iglesias de sus parroquias, la Casa del Señor y de la Virgen del Milagro. Son portadores de una fe que contagia. Los sacerdotes de Salta se han ido sumando al caminar de los peregrinos, algunos convirtiéndose en guías, otros descubriendo a los fieles y dejándose evangelizar por ellos mientras les ofrecen el servicio del sacramento de la reconciliación. No hemos sido nosotros los de la iniciativa, muchos presbíteros han sido atraídos por estas iniciativas o han respondido a una invitación.
Traen un mensaje de caridad. El amor nos hace capaces de lo imposible. Su testimonio de amor une a patrones con obreros, a vecinos de un pueblo, a funcionarios y ciudadanos, a cristianos practicantes con creyentes que aún no experimentan su pertenencia a la Iglesia. Su testimonio de amor pone en marcha el servicio de fieles anónimos que, sin organización previa alguna, les lavan los pies, les ofrecen un vaso de agua, los acompañan. Vienen rezando a lo largo del trayecto. Algunas peregrinaciones son un testimonio admirable de piedad: caminan y rezan... días y días... hombres y mujeres, jóvenes y niños. ­Cuánto aprendo en cada Milagro!.
Son testigos de la fortaleza cristiana. Las inclemencias que deben superar muchos de los peregrinos, el frío de las montañas, la imprevisibilidad del tiempo, lo prolongado del camino, el cansancio que se acumula, la falta de comodidad, todo ello constituye una lección de fortaleza en un clima cultural hedonista, mediocre y aburguesado como el que nos envuelve. El desafío es descubrir este valor e incorporarlo a la vida social ordinaria, al quehacer diario en la trama de la vida social. “No es posible morirse de hambre en la patria bendita del pan”, cantamos en el himno del Congreso Eucarístico Nacional de Corrientes. En el mismo espíritu podríamos decir: no es posible no salir adelante en una tierra bendecida por la fe y el amor de nuestra gente.
Los peregrinos nos ayudan a releer el Milagro, a descubrir nuevas significaciones, a experimentar su actualidad y la provocación de una fe que compromete, de una fortaleza que con paciencia va construyendo un mundo mejor, de una caridad que se abre al don de Dios y se hace solidaria con los hermanos.
Doy gracias a Dios por los peregrinos. Pido a los que vivimos en esta querida ciudad de Salta que los cuidemos, como lo vienen haciendo. Ellos no son atletas que compiten en juegos olímpicos ni ciudadanos que corren maratones por más buenas que estas sean. El espíritu que los mueve es el de la fe y el del amor a Cristo. Arrimémonos a ellos para compartir la fe común y para abrevar en su fortaleza. Cuidemos y curemos sus pies. Démosle el agua que renueva... Pero no abundemos en gestos que pudieran dispersarlos ni favorezcamos un clima que los distraiga de aquello que está en el origen de todo este regalo que Dios hace a Salta: la necesidad de encontrarse con el Señor del Milagro que los llama en los brazos de Su madre, María del Milagro, que los acoge.
Te doy gracias, hermano peregrino, porque sostienes mi fe y reconfortas mi esperanza.
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