Páginas

domingo, 2 de noviembre de 2014

EL DÍA DE LAS ALMAS, Y LA VIEJA COSTUMBRE DE LAS OFRENDAS

Hasta hace unos años el culto de las ofrendas para el Día de los Difuntos era un rito muy común en la provincia, pero hoy está desapareciendo.


Con el paso del tiempo, el rito de las ofrendas se fue diluyendo y en la actualidad son pocas las familias que lo practican. Y no solo fue desapareciendo en las zonas rurales sino también en la ciudad.
Hace medio siglo por ejemplo, las ceremonias programados por el Día de los Fieles Difuntos eran muy numerosas. Desde temprano en el peristilo del cementerio las misas se sucedían cada media hora, mientras campo santo adentro varios curas se turnaban para rezar responsos en tumbas y nichos a pedido de los deudos.
Y como era una verdadera multitud la que acudía ese día al cementerio, los colectivos urbanos cambiaban de recorrido; todos pasaban de ida o de vuelta por la única necrópolis que tenía entonces la ciudad.
En el hospital San Bernardo también se recordaba la fecha. Se lo hacía con misa donde tradicionalmente participaba el coro de la Escuela de Ciegos "Corina Lona". El oficio era por los fallecidos en el nosocomio durante el año y por parientes de médicos, enfermeros y empleados del hospital.
Y los militares tampoco se quedaban atrás con el día de los difuntos. Bien temprano en el Panteón de las Glorias del Norte en la Catedral, rendían homenaje a los "Caídos por la Patria". Y más tarde, repetían la ceremonia en el Panteón Militar de la Santa Cruz con la presencia de la banda de música. Por supuesto, oficiales por un lado y suboficiales por el otro.

Las ofrendas
La costumbre de las ofrendas hace medio siglo estaba muy arraigado en el Valle de Lerma. En Cerrillos por ejemplo, doña María Guaymás de Liendro, semanas antes que finalice octubre, comenzaba a trabajar entusiastamente en la preparación de un amplio repertorio gastronómico con el que agasajaría la noche del 1 al 2 de noviembre, a las almas de sus difuntos. Elena, su hija, recuerda que ya a fines de octubre su madre comenzaba a elaborar el dulce de cayote que luego emplearía en empanadillas y demás confites que hacía para las almas. "A veces -rememora Elena- carneaba un cordero o un lechón y una que otra gallina; preparaba recado para empanadas y tamales; hacía empanadillas, rosquetes, palillos, palomitas, perritos y guaguas de pan, todo recubiertos con almíbar de yema y azúcar. También se daba tiempo para la chicha rubia y pulsuda, la aloja, las masitas, el anchi y la mazamorra. En fin, preparaba dentro de lo que se podía, todo los que en vida les gustaba a los muertos de la casa. Y por supuesto, no olvidaba para las almas un puñado de coca, yisca y cigarrillo de chala.
Y mientras mi mamá se ocupaba de las ofrendas, mi papá Dionisio, acarreaba leña del cerro, arreglaba las rajaduras del horno de barro pues por esos días iba a tener que trabajar duro y parejo. Por eso también, buscaba para el horno un nuevo y largo hurgunero", concluye Elena.
1 de noviembre
El 1 de noviembre a la oración, todos las ofrendas ya estaban cuidadosamente ubicadas en una mesa que tenía un impecable mantel de lienzo blanco. Todo se exhibía respetuosamente, sin que nadie, ni siquiera las guaguas, sacaran ni una pizca de lo allí colocado. Porque eran las ofrendas para los idos, para los que ya no estaban, pero que según viejas creencias, esa noche volverían a visitar la casa y a probar lo que más les gustaba.
Y esa noche, con el mayor de los respetos, en la casa de María Guaymás, de Dionisio Liendro y sus cinco hijos, se velaba con gran sentimiento y respeto el recuerdo de los muertos amados, presentes en la mesa de las ofrendas con sus respectivas fotografías.
Y al día siguiente, día de los difuntos, la familia partía temprano al cementerio. Cada uno con un ramito de flores naturales o de papel, con velas, coronas de vistosos colores y hasta con alguna cruz que debía reemplazar viejos maderos de algún pariente difunto.
Y ya en el campo santo había que escuchar misa y después, tratar de que el cura se acerque hasta las tumbas de los propios para que eche un responso y unas gotas de agua bendita en la tierra. Luego de ello, se distribuían las flores, las coronas y se encendían las velas; tumba por tumba y sin olvidar ninguna. Y ya finalizaba la jornada religiosa, casi al mediodía solo restaba saludar a los amigos y regresar a casa. Allí, las ofrendas, intactas, esperaban para que comenzara el festín que a veces duraba demás... El rito, se cumplía puntualmente todos los años, rito que aún Elena Liendro conserva en Cerrillos tal como su abuela Antonia Liendro lo trajo desde Luracatao allá por los años "30 del siglo pasado.

Día de los Difuntos
La fecha fue instituida por la Iglesia Católica Romana y la celebración se basa en la doctrina de que las almas de los fieles que al tiempo de morir no habían limpiado sus pecados veniales, o que no habían hecho expiación por transgresiones del pasado, no pueden alcanzar la Visión Beatífica, y que por lo tanto se les puede ayudar a alcanzarla por rezos y por el sacrificio de la misa.
Ciertas creencias populares relacionadas con el Día de los Difuntos son de origen pagano y de vieja data. Así sucede con los campesinos de muchas naciones católicas que creen que en la noche de los Difuntos los muertos vuelven a sus casas donde habían vivido y participan de la comida.

Fuente: Diario el tribuno

No hay comentarios:

Publicar un comentario